Por Juan José Bravo Monroy
Cuando el calor es cunicular, cuando la sed nos consume y nos abrasa, cuando el sol no proyecta sombra y cae perpendicular sobre nuestras cabezas, escuchamos a la sabiduría popular que nos aconseja: “el que al buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.
Pareciera también que el árbol es expresión de la grandeza de la naturaleza, lo mismo el que asoma en las primeras etapas de su vida, que aquel que se levanta ostentoso en el campo. Y qué me dice de ese portento que luego de años de haber brindado su cobijo, en último homenaje a la tierra, muere, pero lo hace de pie, con dignidad.
De ahí que felicitemos a la organización Reforestemos México que ha tenido la feliz idea de realizar un Registro Nacional de Arboles Majestuosos de México, que busca de fondo, promover la revaloración de estos extraordinarios seres vivos.
Acorde a esta iniciativa, el Instituto Estatal de Ecología de Oaxaca entregó a las autoridades municipales de Santa María del Tule, un reconocimiento al milenario árbol del Tule, el cual es el primero en ser catalogado como árbol notable.
Cuantas personas de México y el mundo se han quedado absortas viendo el producto vital de cientos de años, en el atrio de la iglesia del pueblo en el multicolor Oaxaca.
Entendemos este reconocimiento como el interés de mexicanos de buena cuna, por cuidar de la naturaleza y en particular de los árboles, cualquiera que sea su ubicación y condición. De ellos depende nuestra sobrevivencia. Ver árboles en calles y jardines, nos reencuentra con lo natural. Las grandes ciudades, hechas con cemento y varilla, se humanizan cuando se planta una expresión del reino vegetal.
Esta iniciativa que vale la pena seguir con atención, va ligada con el concurso Centinelas del Tiempo, que pretende registrar ejemplares considerados como majestuosos por su gran altura, el grosor de sus troncos, la cobertura de su follaje que da albergue a las aves que se posan en ellos y sobre todo, por la belleza que nos arrebata la atención y nos hace pensar en las incomprensibles expresiones de la vida.
Y la magia que producen al cambio de las estaciones del año. Renacen con las épocas y parecen morir al final de la jornada .Pero es ilusorio. Con el nuevo ciclo de las estaciones, recobran su esplendor. Ya lo dijo el célebre Goethe: “ A veces nuestro destino semeja un árbol frutal en invierno ¿quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán? Mas esperamos que así sea y sabemos que así será” reza la cita.
Oportuno recordar que el reino vegetal tiene junto al hombre un sitio en esta tierra que es pródiga en manifestaciones vitales. El árbol es un recordatorio que por pobre que sea el lugar donde se yergue, valida el entorno. Aprendamos a distinguir las variedades: olmos, cipreses, álamos, cedros, pinos, olivos, palmeras, nogales, en fín.
Por extensión vale la pena hacer otra iniciativa que reconozca a cardones, pitahayas, cactus, que son un resumen de la belleza en lugares donde otros vegetales no sobreviven por los rigores que impone la tierra y el clima. También desafían el tiempo y pueblan la faz del planeta en el que nos tocó vivir.